Temor crepuscular, divino dolor;
días sin tiempo, nosotros y nada.
Mar y las sombras en esta llamada,
espejos abandonados por color.
Atardecer, el prisionero: tu olor.
Tuya la vida, amante idealizada,
pues es tu voz palabra callada.
Atardecer, prisionero tu dolor.
Y en estos tus muslos el fuego eterno,
y de tu seno las mieles, el vientre
hinchado; inerte, eres del polvo.
En tu cuerpo todo tuyo y eterno
el cielo, la muerte; tus pasos entre
las cuitas que de mis ojos son polvo.
viernes, 19 de junio de 2009
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